Tiene la piel tan morena que le dicen "el negro" o "el angolano". Lleva siempre un sombrero de paja al que ya le arrancó los adornos y una cerveza en la mano la mayor parte del día. Duerme, cuando puede, en una casa en obras, que está junto al hotel María Sabina, pero a veces los obreros se lo impiden. Otras, con las cervezas en su estómago como única comida, se queda dormido aunque el ruido sea infernal y el calor entre por todas las puertas. Cuando está contento, grita "chamaca!" cada vez que te ve y se queda sentado a tu lado fumando un cigarro que por supuesto tú le has conseguido.
Sin embargo, últimamente, desde que agarraron al triler y se lo llevaron a la cárcel por timar a unos turistas, anda un poco cabizbajo. Ya no grita "chamaca!" si no le llamas tú primero, ni te pregunta si tienes habitaciones libres para conseguirte gente y llevarse una comisión. Cuando le preguntas, dice que está cansado. Sus huesos ya se acostumbraron a la dureza del suelo, pero aún no ha conseguido curarse la herida del dedo. Dice que se le levantó la postilla "chambeando", pero cuando voy a colocarle una tirita veo que aquello no es una postilla sino carne desgarrada. Es mágico, con la herida tapada dice que ya no le duele, pero acepta el café que le llevo y su color es más blanco.
Me roba todas las mañanas el libro hasta que le grito "chamaco!" Y menea la cabeza de un lado a otro mientras se acerca a devolvérmelo
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miércoles, 5 de marzo de 2008
lunes, 11 de febrero de 2008
Dos siempre juntas
-Si me puede escribir en estos sobres "propina" y también en inglés ... -dice Herminia con una sonrisa pícara - Es para dejarlas en las habitaciones que limpio.
-¿Y cómo se dice en inglés?- pregunta la recepcionista.
-Ah, no sé... - vuelve a sonreir, mientras su hija se esconde entre sus faldas.
Herminia limpia las habitaciones del Hotel María Sabina por 500 pesos semanales y desaparece entre sábanas recién lavadas y toallas colgadas en su terraza. Porque ya es su terraza. Tiene algunas manchas en los brazos y apenas habla español porque su lengua algún dialecto maya de la región de Yucatán. Es de esas personas que a veces tienen la mirada perdida. Si le preguntas por una dirección de correo, te da la de su casa en lugar del e-mail y aunque toma Coca.Cola no sabe los ingredientes que lleva una pizza.
Cuando no tiene habitaciones que limpiar se sienta en los escalones con su hija María, de diez años, que le lee revistas con los últimos chismes de las telenovelas.-Yo no sé leer- anuncia con una sonrisa y te hace pensar que te dejó un pequeño hueco en su corazón. Si puede, pondrá a trabajar a su hija en el mismo hotel, lavando la ropa a los huéspedes por una comisión. Si le deja el patrón.
-¿Y cómo se dice en inglés?- pregunta la recepcionista.
-Ah, no sé... - vuelve a sonreir, mientras su hija se esconde entre sus faldas.
Herminia limpia las habitaciones del Hotel María Sabina por 500 pesos semanales y desaparece entre sábanas recién lavadas y toallas colgadas en su terraza. Porque ya es su terraza. Tiene algunas manchas en los brazos y apenas habla español porque su lengua algún dialecto maya de la región de Yucatán. Es de esas personas que a veces tienen la mirada perdida. Si le preguntas por una dirección de correo, te da la de su casa en lugar del e-mail y aunque toma Coca.Cola no sabe los ingredientes que lleva una pizza.
Cuando no tiene habitaciones que limpiar se sienta en los escalones con su hija María, de diez años, que le lee revistas con los últimos chismes de las telenovelas.-Yo no sé leer- anuncia con una sonrisa y te hace pensar que te dejó un pequeño hueco en su corazón. Si puede, pondrá a trabajar a su hija en el mismo hotel, lavando la ropa a los huéspedes por una comisión. Si le deja el patrón.
sábado, 19 de enero de 2008
Los que se quedan cuando nos vamos
Apenas nos contó Griselda que cuando trabajaba en el periódico había conocido a una mujer increíble llamada Rosaura. Rosaura vivía con su marido en una pequeña casita en el centro del pueblo, y Griselda, entonces soltera y sin hijos, pasaba de vez en cuando a verles porque era su vecina y no conocía a nadie en el pueblo. Rosaura tenía miles de ropas tiradas en un viejo baúl y las dos compañeras se dedicaban algunas tardes a abrirlo y vaciarlo, mientras dejaban escapar un poco sus sueños. Eran sueños de libertad, de cuando Rosaura no tenía que cargar con un marido gruñón y cocinar para su hijo egoísta de más de cuarenta años. Rosaura le proponía a Griselda que se llevara algunas camisas o faldas, pero Griselda era mucho más joven y no quería esos ropajes de vieja.
Sucedió que un día el hijo de Rosaura se murió por sus problemas de alcoholismo, y Rosaura se quedó un poco más sola aunque un poco más libre en esa casa. De vez en cuando se reían, como aquella vez en que su marido echó de la casa a la mujer que les vendía los pollos porque creía que Rosaura estaba celoso de ella. O cuando el marido de Rosaura se subió a podar el árbol, orgulloso de su cuerpo fortachón y ya no podía bajar de nuevo. Pero poco a poco sus cabellos se fueron haciendo más grises, y las hojas secándose en esa casa, y las visitas olvidándose de ellos. Griselda también se marchó a trabajar a otro lugar, y ya no iba a visitarles muy a menudo.
Pero un día soñó con ella. Las dos abrían el baúl de nuevo, y sacaban las ropas como siempre. Y Rosaura le decía que se las llevara, pero su voz sonaba más convencida. “Ahorita ya no las voy a necesitar”, decía. “¿Y qué voy a hacer con todo esto, montar un tianguis?”, respondía Griselda divertida, sin darse cuenta de que Rosaura ya no las iba a necesitar, porque en su sueño era un fantasma y llegó a pensar que también lo era en la realidad. Fue entonces cuando decidió ir a visitarla de nuevo, con los nervios a flor de piel y el miedo de no encontrar en esa casa más que los vestidos de Rosaura.
viernes, 18 de enero de 2008
Ropas de Vieja

Fuma cigarros Piper mentolados que olvida en el cenicero cuando habla. Lee, cada tarde, dos periódicos y cientos de hojas de libros que devora con increíble concentración. Recuerda los cumpleaños de sus 42 nietos y todo lo que aprendió de geografía y de historia. Se lima las uñas mientras te cuenta cómo vivió la Guerra Civil o cómo quiso ser farmacéutica y le obligaron a ser maestra. Absorbe tu atención con cada cosa que dice porque la edad le ha hecho sincera y sin miedo.
Tenía frío y llevaba una semana acatarrada, por eso había buscado con qué arroparse. Debió de encontrar ese chal de alguna otra abuela. Cuando la vi, sentada en su brasero, rodeada de libros y periódicos, exactamente igual que siempre, supe que todo había cambiado. Trató de justificarse, por tantas veces que mi hermana y yo hemos criticado esas “ropas de vieja”. Pero la vi débil ante tanto mundo y tantos años.
Tenía frío y llevaba una semana acatarrada, por eso había buscado con qué arroparse. Debió de encontrar ese chal de alguna otra abuela. Cuando la vi, sentada en su brasero, rodeada de libros y periódicos, exactamente igual que siempre, supe que todo había cambiado. Trató de justificarse, por tantas veces que mi hermana y yo hemos criticado esas “ropas de vieja”. Pero la vi débil ante tanto mundo y tantos años.
viernes, 28 de diciembre de 2007
Algunos

Lleva un chaleco de propaganda tan sucio como sus labios y se pasa la mañana con un perro de apenas unos meses. Dice que le duele el ojo cuando lo toca y si le preguntas si fue al médico asegura que sí. Que le dio comida. Agarra el bocata que le damos con las dos manos como si fuera a escapársele y no le importa demasiado que su hermano tenga otro. Se lo come sin mirar lo que hay dentro y sonríe. Ahora por fin sonríe. Pero se queda ahí, con un bocata, con un perro y con su chaleco ensuciado.
Unos pocos

Yo creo que se emociona cada vez que habla sobre su hijo pero es de estos hombres que no deben demostrarlo, así que empieza a mirar a su alrededor. Observa todo lo que le rodea, pero está pensando en el hijo que se quedó. Al otro lado. Todo el mundo en México llama “el otro lado” a los Estados Unidos. Donde se van, pensando que van a conseguir algunos sueños y ya no quieren regresar. O lo desean con todas sus fuerzas y no pueden. Al otro lado. Como si hubiera un lado bueno y uno malo. Y él se queda mirándonos, ofreciéndonos una cerveza, negándose a que le paguemos, dominando desde su asiento a toda la familia. Dicen que tiene mal humor pero yo no me lo creo. Con esos ojos, con esa cara tan perfecta. Debe tener unos sesenta años pero no se ve ni una sola arruga. Yo sé que extraña a su hijo y que le duelen esas fotos, pero toda su familia le mira y debe sostener la mirada.
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